viernes, 4 de noviembre de 2016

El espía que entró en la Brecha




Samuel Blixen 
4 noviembre, 2016


El espionaje militar en democracia abarcó a periodistas y medios de prensa. Algunos documentos revelan que nuestro semanario fue objeto de vigilancia y eventualmente de incursiones clandestinas.


No fuimos (¿somos?) un objetivo exclusivo. Los documentos de la inteligencia militar incautados revelan que algunos medios de prensa y algunos periodistas eran objeto del interés y la curiosidad de los espías uniformados. Brecha ya informó sobre el proyectado allanamiento a la redacción del quincenario Mate Amargo, a partir de la información que brindaba –hasta donde se sabe en el período marzo-agosto de 1989– un fotógrafo infiltrado, cuyo objetivo era acceder a las computadoras que el Mln mantenía en el local de la redacción. En ese sentido la vigilancia sobre Mate Amargo era parte del espionaje más general sobre el Mln, su estructura y sus dirigentes.
Los documentos inducen a pensar que el Departamento III (Operaciones) de la Dirección General de Información de Defensa (Dgid) aprovechaba cualquier oportunidad de infiltrar espías en las redacciones de radios y periódicos; y de establecer lazos con periodistas, ya fuera para espiarlos o para reclutarlos. Hay numerosos partes sobre “fuentes” que ocasionalmente mencionan el apellido de un periodista, y de la trascripción de la conversación surge que el oficial (el manipulador) pregunta invariablemente: ¿tiene problemas económicos?, sin que ello suponga que existan, a priori, indicios de una posible captación. El pago en dinero por información parece ser el recurso más exitoso para el reclutamiento de espías, pero no es el único. También se utiliza la presión sobre hechos del pasado y el chantaje sobre intimidades para obligar a la colaboración.
Porque los periodistas y las redacciones de los diarios eran y son fuentes de permanentes noticias, poner una “oreja” en esos lugares daba sus frutos. En el mecanismo de espionaje desarrollado por la “agencia”, ubicar a un informante en el entorno de un dirigente (político o sindical) permitía acceder a pormenores a veces reveladores, a veces sabrosos, sobre todo cuando las opiniones vertidas en confianza ilustraban sobre relaciones políticas o sindicales. A todos los niveles, en distintas organizaciones, parece haber sido un recurso exitoso la facilidad con que el informante lograba convertirse en una persona de confianza. Para ello, o bien exhibía antecedentes de militancia o bien explotaba otros recursos, como por ejemplo la condición de ex preso político.
Así, el informante que espiaba al Movimiento Revolucionario Oriental (Mro) y puntualmente contaba sobre los temas tratados en la dirección ocasionalmente revelaba que para algunas reuniones con representantes de otras organizaciones los dirigentes del Mro iban armados. La designación del espía para asumir responsabilidades en la publicación partidaria Los Orientales fue valorada por los militares de la Dgid como un paso trascendente, porque el espía estaba en condiciones de realizar entrevistas a políticos, sindicalistas e incluso visitantes extranjeros, orientando las preguntas en función de los intereses de la inteligencia militar.
La infiltración en la redacción del diario La Hora, publicación del Partido Comunista, fue, hasta donde revelan los documentos, un objetivo frustrado. Un informante que aparentemente podía exhibir antecedentes de periodista fue aleccionado por su manipulador para que se ofreciera para colaborar en La Hora y en la agencia cubana Prensa Latina. Los registros fotográficos de la inteligencia militar –que se usaban como “catálogos” para identificar personas– incluían las fotos de cuatro periodistas vinculados a Prensa Latina: el corresponsal Luis Arce y los uruguayos Carlos Núñez (también periodista de Brecha y de Mate Amargo), Ángel Ruocco y Mónica Bottero (periodista de Brecha antes de su pase a Búsqueda). En todos los casos los manipuladores solicitaban, en la medida de lo posible, planos de las redacciones de diarios y semanarios. La sola mención, por parte de los informantes, de nombres de otros periodistas, motivaba, en las anotaciones a mano de los supervisores, la sugerencia de “estrechar relaciones”; así ocurrió con Nelson Caula (en ese momento redactor de Guambia), Alberto Silva y Roger Rodríguez (periodista en Brecha y en La República).
Otro “bicho”. En julio de 1988 el oficial de inteligencia que utilizaba el seudónimo “Mauro”, se encargó de manipular al agente 35-G, apodado el “Bicho”. Mauro tenía ciertas reservas sobre el Bicho, quien en una primera entrevista “escondió” información personal, en conocimiento del manipulador: “Comentarios personales: con el tiempo se sabrá la veracidad de los informes de este agente. Pienso que no es confiable desde el momento que le pregunté por un amigo en común y me dice que está bien, sabiendo perfectamente que ha finalizado la relación entre ellos”. El Bicho ofreció como referencias sus antecedentes laborales en Ute y en la Jefatura de Policía de Montevideo, y al subcomisario Enrique Tejiachi.
Pero a los efectos de su contratación pesó el hecho de que el Bicho podía explotar su vínculo de la infancia con Juan Green, un uruguayo esposo de la embajadora sandinista de Nicaragua en Uruguay, Bertha Marenco. El Bicho aprovechó ciertas relaciones familiares para acercarse a Green, a quien le ofreció la posibilidad de entregarle información sobre los “contras”, a partir de sus presuntas extendidas relaciones con militares y políticos. Green finalmente accedió a proponer a Managua que el Bicho fuera contratado como informante por 500 dólares mensuales, de modo que pasó a ser un “doble agente”, por así decirlo.
Sin embargo, los documentos referidos a los informes del Bicho abarcan otros temas. Por ejemplo: un documento escrito a mano, probablemente a mediados de julio de 1988, ofrecía: “1) información sobre infiltrados marxistas en la Policía; 2) información sobre grupos nacionalistas anticomunistas; 3) vinculación con Juan Green, esposo de Berta Marenco; 4) contactos con Alberto Silva y Nelson Caula; 5) estudios sobre grupos antimarxistas; 6) marxistas infiltrados en partidos tradicionales; 7) informes sobre atentados; 8) actividades de Stella Maris Zaffaroni Piñón de Blixen, esposa de Samuel Blixen García; 9) contactos con elementos marxistas palestinos; 10) campaña de desprestigio contra oficiales en actividad y en retiro por parte de un capitán retirado”. A mano se estampó: “Consultar coronel Ruggiero”.
Otro informe fechado el 1 de agosto de 1988 detalla que en la parroquia San Antonio (Cufré y Caraguatá) “los días sábado a la hora 9 se reúne un grupo de reflexión, integrado en su mayoría por PC. En el mencionado grupo se habla de: materialismo, igualdad de las personas, derechos humanos y de la sociedad ideal” (una flecha dibujada a mano deriva esa información al teniente coronel Bonavoglia). También la fuente informa que el 6 de agosto se realizará una cena en el Club Residentes de Lavalleja, a la que “concurrirán viejos amigos de la fuente del barrio Jacinto Vera, entre ellos Juan Green”. Y en el subtítulo “Observaciones” se consigna que “se adjunta el plano de Brecha; el mismo fue hecho por la fuente”.
La solicitud de realizar un plano de la redacción de Brecha corresponde a una “orientación” anterior, consignada al final de un informe, fechado el 27 de julio, sobre la entrevista del Bicho con Green en la embajada de Nicaragua: “Directivas. * Guía inversa, * carné inspección Ute, * plano del local de semanario Brecha, * lista de principales agitadores en Cutcsa”. No hay referencias a las razones de cada uno de los pedidos, y en particular al plano de Brecha (cuya reproducción se adjunta en esta nota). Es de consignar que el plano es fiel a la distribución de la planta superior, y la única referencia a uno de sus periodistas puede dar indicios de los reales motivos.
MODUS OPERANDI. En los documentos en poder de Brecha aparecen varias referencias a la obtención de carnés de organismos oficiales: Ute, Antel, IM, Corte Electoral, Ose, etcétera. Con esos carnés, oficiales de la inteligencia militar –en ocasiones en compañía de los informantes– lograban acceso a viviendas y locales, haciéndose pasar por funcionarios públicos. El caso más paradigmático de los consignados en el cuerpo de documentos obtenidos por Brecha es el referido a una inspección clandestina masiva en el block de apartamentos San Andrés III, de la calle Felipe Sanguinetti 2183, en abril de 1989. Esas y otras acciones tuvieron como objetivo detectar la presencia de ciudadanos argentinos que habían huido de la represión después del intento de copamiento del cuartel de La Tablada, en enero de ese año, en el que murieron 32 guerrilleros del Movimiento Todos por la Patria. El 24 de abril los oficiales “Mauro” y “Diego” inspeccionaron 42 apartamentos, “no pudiéndose obtener indicios que amplíen o confirmen la información sobre presuntas personas escapadas de Argentina. De la totalidad de apartamentos no se pudo realizar la inspección en 20 de ellos por no encontrarse sus moradores, aunque se les preguntó sobre sus ocupantes a los vecinos”. El registro clandestino se efectuó con documentos de Ose, y el resultado fue magro.
Carnés de Antel permitieron realizar inspecciones en diferentes apartamentos de Pocitos y Villa Biarritz para ubicar los bornes telefónicos con vistas a realizar interferencias clandestinas en domicilios de diplomáticos y para hacer las manipulaciones en plena calle en las llamadas “centrales de bornes”. De la misma forma se obtenían en la Intendencia, mediante colaboradores, planos de edificios que facilitarían el ingreso a algunas residencias. La información para los operativos era resultado de una larga cadena de colaboraciones: obtención de números telefónicos a partir de nombres, obtención de nombres a partir de números telefónicos, identificación de la ubicación del borne de cada abonado, obtención de antecedentes en la Jefatura de Policía, obtención de domicilios en la Intendencia de Montevideo; obtención de vínculos comerciales en el Bps, obtención del nombre del propietario de un vehículo a partir del número de patente; en los hechos, y de forma clandestina, la inteligencia militar obtenía toda aquella información que está restringida para el ciudadano común.
En la documentación aparecen elementos que indican la planificación de operativos de interferencia telefónica y de allanamientos: es el caso del local central el Partido Comunista, el local central del Mln, el local central de la Comisión Pro Referéndum, los domicilios de por lo menos dos diplomáticos cubanos, las oficinas de la compañía aérea soviética Aeroflot, la casa de la embajadora nicaragüense, la redacción de Brecha, las oficinas de Prensa Latina, la redacción de Mate Amargo, entre otros.
Por lo pronto, en lo que se refiere a Brecha, otros informes del Bicho aportan sugestivos elementos. El espía que se coló en la redacción del semanario y que con tanta exactitud pudo dibujar el plano de las oficinas estampó la siguiente información en el informe elevado por el manipulador “Mauro”: “La fuente informa que se encontró en la vía pública con Nelson Caula, redactor responsable de Guambia. En dicha acción tuvieron una conversación informal y este último le comenta que hay un argentino en Montevideo solicitando información sobre el paradero de Abel Ayala y cartas de Amodio Pérez a Federico Fasano. Esta información es pagada muy bien. Textual: ‘Y como sé que vos, petiso, andás por todos lados, capaz podés hacerte algún mango’. A esto la fuente le responde que si tiene algo lo llama al diario”. Quizás no sea difícil identificar al “petiso ubicuo” para determinar qué querían los oficiales de inteligencia, y si alguna vez llegaron a entrar en la redacción, más que para sacar, para poner algo.
Puesto que la información en poder de Brecha se refiere únicamente a la documentación de informantes, espías e infiltrados manipulados por la inteligencia militar, no es posible establecer cuál fue el resultado de los operativos de interferencias telefónicas, seguimientos y allanamientos propuestos y en qué medida se concretaron. Esas acciones, presumiblemente ejecutadas por el Departamento III (Operaciones) habrán sido encomendadas, en todo caso, a oficiales y personal de la Dgid que no estaban directamente involucrados en la manipulación de los “agentes”. Pero es lícito suponer que los informes sobre esas acciones están debidamente archivados y podrían ser uno de los objetivos de la Comisión Investigadora Parlamentaria –que aún no ha sido formalmente propuesta– para desbrozar la maraña del espionaje militar en democracia.

Simpatizantes y sediciosos

La forma de operar de la inteligencia militar en el espionaje a las organizaciones populares ha mantenido un idéntico esquema que comenzó a elaborarse antes de la dictadura, se perfeccionó durante el terrorismo de Estado y mantuvo los rasgos esenciales después de la redemocratización: independencia para fijar objetivos, autonomía operativa y utilización de informantes e infiltrados como recurso principal de obtención de información. Es posible que otros productos de inteligencia hayan surgido de la elaboración de hipótesis, análisis complejos y confrontación de fuentes, pero el mecanismo del espía y el soplón resultaba efectivo para un accionar que se rigió por los conceptos de la Guerra Fría y que en su carácter represivo a militantes y organizaciones de izquierda no requería mayores ajustes de precisión, cuando el universo podía dividirse en dos: sediciosos y demócratas.
La famosa frase atribuida al general Ibérico Saint-Jean, gobernador de la provincia de Buenos Aires durante la dictadura argentina (“Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”), aplicada a los extremos del genocidio, contiene, en esencia, aquella división que faculta, quién sabe por qué, a arremeter contra los sectores “indeseables” de la sociedad, sean éstos “comunistas” o “judíos”. En Uruguay, como en el resto de las dictaduras del Cono Sur, hubo otra manera de determinar quién era el “enemigo”: todas aquellas fuerzas que, en defensa de sus propios intereses, podían alterar el “equilibrio del libre mercado”, fueran ellas partidos políticos, sindicatos u organizaciones sociales. Para detectar esos “perturbadores del equilibrio” sirvieron las redes de espías e infiltrados.
El soplón que identificaba para la Policía a los “comunistas” pasó, a comienzos de los años setenta, a trabajar para los militares, antes del golpe. Hoy están apareciendo informes de espías que, esencialmente, no se diferencian de los informes producidos en la nueva democracia por la inteligencia militar. Sólo un soplón podía informar al director del Servicio de Información de Defensa (Sid), coronel Ramón Trabal, que “la señora del señor general Ramalli es simpatizante del Frente Amplio. Antes de las elecciones se sabe que solicitaba la adhesión para dicho grupo político, llamando telefónicamente a la casa de señoras de jefes y oficiales. Por ejemplo, el caso de la señora del general Bentancur”.
Esa ficha, de diciembre de 1971, aparece en los archivos junto con otra, firmada también por Trabal, de abril de 1972: “consejero de la embajada en España señor Daniel Soto. En su casa se reúne asiduamente un núcleo de uruguayos radicado en España de filiación frenteamplista. En el grupo figuran entre otros Sancho Gracia, español naturalizado uruguayo, de profesión actor, casado con la hija de nuestro embajador en Holanda, Aureliano Aguirre. Castillo, hermano de Rubén Castillo, de Canal 12 y Radio Sarandí. Este elemento y su esposa han desprestigiado al país con sus declaraciones a través de la tevé española. Extraído de una carta del coronel Yamandú Trinidad al coronel Gregorio Álvarez, de fecha 24/3/72”.
La práctica de intervenir el correo y de usar espías para robar o duplicar cartas que llegaban “en mano” se intensificó durante la dictadura. Una carpeta del Servicio de Información de Defensa referida a las actividades de personalidades del Partido Nacional contiene una carta fechada en Londres, en octubre de 1977, firmada por “Wilson” (Wilson Ferreira Aldunate) y dirigida a “Querido amigo”, con interesantes apreciaciones sobre la reunión del secretario adjunto de Estado para asuntos interamericanos, Terence Todman, y un grupo de dirigentes del Partido Nacional, durante su visita a Montevideo; y algunas advertencias sobre una excesiva expectativa de “una salida, que sería una entrada” si no se dan ciertas condiciones básicas. La extensa carta finaliza así: “No menciono a nadie como destinatario de mi abrazo para todos, de todo corazón. No dejen de decirles a los que representaron al partido cuando la visita de Todman que cuando me relataron los detalles no pude ocultar una sensación hecha sobre todo de orgullo. Feliz Navidad por adelantado, que no se sabe cuándo llegan estas cartas, si es que llegan, y, quién les dice, hasta pronto”.
No se sabe si la carta no llegó a destino, interceptada por algún espía infiltrado en el círculo estrecho de los hombres de confianza de Wilson, ni cómo llegó hasta el Sid, donde fue prolijamente subrayada en aquellos tramos más “sediciosos”. Otra carta, enviada por Johnny, John y Donisette a “Queridos Wilson y Susana”, comienza: “Mañana se va Juan. Aprovecho pues para mandarles unas líneas (…), pero la carta –o una copia– terminó en las oficinas del Sid.
Una cartilla con instrucciones para una reunión en una estancia de Rocha advertía “no hacer preguntas en la ruta, y si no logra dar con el sitio, regrese a Montevideo”. Después de dejar atrás Castillos, el Camino del Indio, el camino a Velázquez y, en un repecho, las ruinas de una casa donde todavía se lee “Almacén San Cono”, “a mano derecha sale un camino vecinal que lo lleva al sitio indicado”. Se adjuntaba un plano del camino y una hoja transparente, para aplicar sobre el mapa de la Esso, con puntos rojos y celestes, para orientación. Y terminaba: “Estas hojas, así como los planitos adjuntos, deben ser destruidos totalmente una vez usados”.
La carpeta contiene, además, la transcripción de una grabación de Wilson Ferreira, enviada desde Estados Unidos; una copia del testimonio de Wilson ante el Comité de Relaciones Exteriores del Congreso de Estados Unidos, enviado por el agregado militar general Dardo Grossi; un extendido prontuario con las actividades de Wilson desde 1972 hasta 1984, rotulado “secreto”; y una carta del contralmirante Francisco de Castro, embajador en Estados Unidos, al canciller Juan Carlos Blanco, con declaraciones de Wilson Ferreira a la prensa “en las que, como es habitual, da nuevas muestras de su histérico resentimiento”.

Fracasa gestión del Mpp

La bancada de diputados del Frente Amplio resolvió el martes 1 desestimar una propuesta del Mpp de anular o suspender la propuesta de crear una comisión investigadora parlamentaria para estudiar los documentos del llamado “archivo Castiglioni”, sobre el espionaje militar en democracia contra personalidades políticas, sindicales y magistrados. El planteo fue apoyado por la lista 711 pero fue rechazado por el resto de los grupos del FA, al no alcanzar los dos tercios de votos en la bancada. Antes de realizar el pedido formal de una pre investigadora, los diputados frenteamplistas definirán el martes 8 cuáles diputados propondrá para la investigación en sí.




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